«El discurso y la iconografía
antisemitas que hace décadas eran propios de la ultraderecha han sido
totalmente asumidos por una parte de la izquierda»
Los conflictos actuales generan extraños
compañeros de trinchera, física o virtual. A Ucrania oriental acudieron a
luchar en el bando de los separatistas no sólo unidades militares rusas
enviadas con disimulo por Putin, también contratistas a sueldo, cosacos,
chechenos, ultranacionalistas rusos y voluntarios extranjeros de la
ultraderecha europea. Confundidos o no, allí aparecieron dos jóvenes
comunistas españoles con la bandera de la II República para combatir en el
mismo bando que los herederos de la Unión Militar
Rusa (ROVS), organización de los rusos blancos que combatieron con
los requetés en la guerra civil española y que fue honrada por
la Fundación Francisco Franco en plena guerra de Ucrania.
Los españoles fueron asignados a la brigada
de los ultraderechistas franceses de Unión Continental. La paradójica
convergencia generó debates y piruetas mentales entre los
comunistas españoles a la hora de justificarla. Pero el comentario
más interesante que leí en las redes sociales fue el de alguien que señaló que
desde hacía mucho tiempo comunistas y neofascistas compartían una
causa común sin que nadie pareciera dispuesto a escandalizarse por ello:
Israel.
Pilar Rahola tuvo ocasión recientemente de
comprobar esa convergencia de comunistas y neofascistas al convertirse en
diana de ataques personales por el simple hecho de honrar la memoria de
las cuatro víctimas del ataque terrorista sucedido en Jerusalén el pasado 8
de enero. Rahola publicó en Twitter fotos de las
víctimas atropelladas por un camión junto con los
mensajes “Asesinados por el horror”, “Zijrono liberaja” (“de bendito
recuerdo” en hebreo) y «JeSuisJerusalem». A partir de ese
momento, en sus propias palabras, vio “reventar las cloacas de
Internet”, y su twitter “se llenó de monstruos de las dos orillas del
infierno”, es decir, “nazis redomados” y “comunistas de hoz y
martillo”.
Sobra relatar con detalle los
despropósitos que se dijeron aquellos días: burlas a las víctimas y teorías
conspirativas sobre un “autoatentado” israelí. Aunque, tratándose de España,
tampoco hay que buscar las opiniones más extremas para encontrar falta de
empatía con las víctimas israelíes. Joan Cañete Bayle afirmaba en El
Periódico de Catalunya que el atentado del 8 de enero en Jerusalén no era
comparable con los atentados yihadistas de Niza y Berlín, donde los terroristas
también emplearon camiones como arma, porque “es un caso más de esa vasta red
de violencias que causa la ocupación”.
Esos extremos que se tocan contra Israel
generan a su vez simpatías hacia sus enemigos. Así, encontramos que en España
han mostrado públicamente su apoyo por el régimen de Bashar al Asad el Partido
Comunista de España y el neofascista Movimiento Social Republicano. Las
simpatías de unos y otros se entienden si consideramos que el régimen sirio es
autoritario en los términos de J. J. Linz. Es decir, es una dictadura en
la que existe una cierta pluralidad. En este caso, encontramos que apoyan a Al
Asad formaciones como el Partido Social Nacionalista Sirio (PSNS),
cuyo nombre y emblema bastan para identificar su carácter fascista. No
está de más añadir que el PSNS mantiene vínculos con grupos
neofascistas y neonazis.
Las paradójicas convergencias han sido
habituales en Oriente Medio. Según un reciente reportaje de una revista
francesa, el criminal de guerra nazi Alöis Brunner vivió acogido por el
régimen sirio durante 40 años. Al parecer, murió en Damasco en 2001.
Brunner fue mano derecha de Adolf Eichmann y se le consideraba responsable del
asesinato de 128.500 judíos. Se le había perdido la pista en 1992, no sin antes
haber concedido entrevistas en las que manifestó no tener remordimientos y
estar dispuesto a hacer lo mismo.
Las narrativas de unos y otros contra
Israel tienen orígenes diferentes. Pero, de las teorías raciales antisemitas de
unos y la solidaridad con las fuerzas socialistas del Tercer Mundo en plena
Guerra Fría de los otros, hemos ido pasando a relatos parecidos sobre el poder
judío en la industria audiovisual, los medios de comunicación o los pasillos de
Washington DC para apoyar a Israel y chantajear emocionalmente a Occidente con
el recuerdo del Holocausto.
En el año 2009, un acto sobre Racismo
y antisemitismo en España que iba a celebrarse en la Facultad de Ciencias
Políticas y Sociales de la Universidad Complutense de Madrid fue reventado.
Días antes se había repartido un panfleto en el que el entonces
presidente de la Federaciones de Comunidades Comunidad Judías de España, uno de
los participantes en el acto, era tachado de “adicto a la usura”. El
panfleto concluía refiriéndose al “lobby hebreo” y lo tildaba de “élite
financiera especializada en la manipulación del victimismo”.
Más retorcidas fueron las piruetas
argumentativas como las de Nazanín Armanian, colaboradora del diario
Público, donde mantiene el blog Punto y Seguido, que en unas
jornadas celebradas en la Universidad de Valencia en la primavera de
2010 comparó los atentados del 11-S con “una película con
efectos especiales”, rematando con: “Y todos sabemos quién controla Hollywood…”
Y así, sin ir más lejos, el año pasado el
perfil de Izquierda Unida en Madrid dio difusión a la convocatoria de
una manifestación frente a la embajada de Estados Unidos en España durante la
visita del presidente Obama con un cartel en el que aparecía representada una
figura con una kipá, peyot y el símbolo del dólar en la espalda, de
cuyo bolsillo otra figura negra extraía varios billetes. Dando una vuelta al
círculo, el discurso y la iconografía antisemitas que hace décadas eran propios
de la ultraderecha han sido totalmente asumidos por una parte de la
izquierda.
Extremos que se tocan
01/Feb/2017
El Medio, Por Jesús M. Pérez